Conocimiento por entrañas by BEA AGUILAR

Otra vez suena el despertador. Puntual, nada lo retrasa ni le hace olvidar que tiene que sonar siempre a la misma hora. Uno, dos, tres, cuatro…. Pasan los segundos impasibles, dan forma a los minutos, a las horas y a los días. Nueve mil ochocientos cincuenta y cinco días han pasado para mí y sigo sin ver la manera de escapar del tiempo.

Me levanto de la cama preguntándome por qué. Me ducho, me visto y salgo; no tengo tiempo para mucho más, nadie tiene tiempo para mucho más.

En el bus nadie habla, nadie se mira. Al fondo un hombre llama mi atención; parece una estatua griega que ha cobrado vida. Me siento enfrente de él.

– No dejes que te devore – dice.

Extrañada le miro: tiene las manos apoyadas a la altura del hígado, como si se estuviera sujetando las entrañas. Su camiseta está manchada de sangre.

–¿Quién?–le pregunto.

–En mi mundo es un águila. En el tuyo la rutina, el sistema, pero nos devoran por el mismo motivo: conocimiento por entrañas.

No entiendo lo que dice. Lo miro a los ojos, sus rizos dorados enmarcan una cara llena de dolor, y sus ojos tienen la mirada cansada.

El bus frena con brusquedad y caigo sobre él. Mi frente golpea el asiento de delante; está vacío.

Llego al trabajo distraída; no puedo quitarme de la cabeza la conversación con el extraño.

Paso el día entre reuniones y papeleo sin dejar de sentir unos pinchazos a la altura del hígado que parecen desgarrarme por dentro. El dolor se mantiene constante durante todo el día. Conocimiento por entrañas, pienso una y otra vez.

Las horas se me pasan lentas, pero por fin mi jornada laboral termina. Salgo de la oficina apretándome la barriga a la altura del hígado.

El bus no tarda en llegar. Volvía a estar lleno de gente silenciosa y agotada. Miro al fondo: allí está el hombre estatua. Me siento enfrente de él otra vez.

–¿Duele, verdad? –dice. Sigue apretándose la barriga. Ahora la camiseta está totalmente manchada de sangre y las manos apenas se le ven, ocultas por el espeso líquido rojo.

– Sí, mucho– contesto. Me miro las manos: están limpias.

– A la noche cicatrizan, pero es un falso respiro; mañana volverán. Sin embargo, es inevitable que la esperanza de escapar se apodere de ti, intenta que no te engañe.

El grito del chófer anunciado el fin de línea hace que me levante de un salto; delante de mí camina una chica de pelo rosa, yo soy la última en salir. Me bajo y me dirijo a casa; no hay pinchazos. Las farolas empiezan a encenderse: ya es de noche.

¿Y si dejo mi trabajo, mi rutina y doy la vuelta al mundo?

Las palabras de Prometeo vienen a mi mente como un rayo:
— La esperanza de escapar…

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