Seis Kilos Menos by JENNIFER CAMACHO

Anteayer me di cuenta de que estaba vacía.

Cogí la báscula para comprobarlo: pesaba seis kilos menos exactamente.

Me senté unos momentos en el sofá para reflexionar. Bien mirado, no había ningún drama que montar, ahora nada podría atacarme el colón desaparecido. Y salí a la calle a pasear presa de una euforia que no estoy acostumbrada a sentir.

Aquella noche caí rendida y me dormí con la ropa puesta.

Por la mañana me quedé embobada mirando por la ventana cómo la gente salía de casa a toda prisa. Me embargó una sensación de extrañeza, no me apetecía desayunar. No había ningún tambor en mi interior que me indicara con un rugido que debía alimentarme. Ningún órgano que pudiera recibir, procesar y absorber los nutrientes de las tostadas con mermelada que solía comer recién levantada. Ni siquiera me preparé el café.

Fui a trabajar. Estuve toda la mañana intentado hacer la reposición del material vendido, pero me desconcentraba cada diez minutos para mirar el reloj e intentar descubrir si ya tenía hambre. Tampoco me tomé el café de media mañana. Noté que al estar sentada y tan vacía, el vientre se hundía hacia dentro como un remolino en el mar.

Las dos horas que tengo para comer las empleé en dormir y soñar con agujeros negros. También soñé con unas gruesas cuerdas a las que me sujetaba para escalar una montaña cuya cima se perdía en las nubes. Y volví al trabajo para intentar acabar lo que había empezado durante la mañana. Pero de nuevo, cada pocos minutos, me acordaba de lo vacía que estaba y mi cuerpo me asombraba. Porque al no tener aparato digestivo cada paso era como un despegue en un mundo ingrávido; levantar los brazos para colocar libros, un movimiento lánguido que se prolongaba a cámara lenta durante años; las personas hablaban en eco desde la lejanía, el tiempo moría como si fuéramos incapaces de extraer todo el líquido del cuentagotas.

Las ocho. Me sentí vacía totalmente. Esta vez no fue la ausencia de vísceras, ni el apetito inexistente. No tenía sentido aparecer en aquel restaurante en el que había quedado con aquel extraño que había conocido en las redes sociales. Ya no tenía hambre. Ni de pizza ni de aventuras. Ya no quería sentirme saciada ni satisfecha.

Y volví a casa sola. Dentro de mi cuerpo nada me reclamaba.

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