Una bola de rabia by ELLEN ROBLEDO

     El muy caradura no va y me dice: «Haz tú la cena, que siempre la hago yo». ¿Perdona? ¿Será que se me han taponado los oídos y no oigo bien? La frase ha desatado un huracán en mi interior, y noto cómo, poco a poco, mi estómago comienza a hincharse. A medida que estos pensamientos surgen en mi mente, él sigue escupiendo sandeces. Que él cocina todas las noches, dice, con todo el morro. ¿Pero se piensa que soy tonta, o qué coño se cree? Estas preguntas, que giran a la velocidad de un tornado, provocan que todo mi cuerpo comience a inflarse.

     Y le contesto: «Pero cómo puedes tener tanta cara, si todas las noches cocino yo, que parezco tu sirvienta». La rabia me nubla la vista: siempre es igual, nunca cambia. Yo, por mi parte, he cambiado. Literalmente. He aumentado: observo, ojiplática, que ocupo el doble. Él sigue pronunciando estupideces que mis sentidos ya no captan (en un gesto de defensa propia, creo). El odio visceral, que me hincha el estómago, ha llegado a tal punto que parezco un globo aerostático; pero él actúa como si nada, como es usual, como si yo no estuviera mostrando mi enfado, y a duras penas consigo percibir cómo mi extraordinariamente voluminosa tripa aplasta su cara contra los azulejos mientras la frase «que hagas tú la cena, que siempre la hago yo» se pierde en el ambiente.

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