Un regalo de Navidad by SHAK BENAVIDES

Me quedaban varias opciones, como siempre, tomarme más a la ligera la noche de Fin de Año, programar un circuito o estar a la expectativa… pero escogí sabiamente el planteármela como otra noche cualquiera con agitada actividad nocturna. Decidí no tomar las uvas en compañía de mi sola persona, lo cual hubiera sido más práctico dada la cercanía de mi casa al club donde luego debiera prestar mis servicios como pinchadiscos. Escogí la invitación de Patrizia de pasarlas con ella en Badalona y en compañía de unos pocos amigos más.

Hice el, a menudo por desgracia, acto consciente de integrarme en lo más irrelevante, en el estar siendo y no más, el bañarme en la simplicidad de los actos.

Y así llegué sana y salva de algunos posibles pensamientos clásicos y oscuros sobre estas fechas a las campanadas, y en nada, ya estaba en el metro dirigiéndome media hora tarde al local donde debía amenizar con mi música. Estaba conduciéndome a una predisposición afable y en armonía con mi entorno. Ya una vez allí, logré levantar unos minutos mis ojos de mi tarea para observar a una joven que hacía uso de una flexibilidad física extraordinaria en las primeras horas en que el local aún apenas estaba ocupado.

Consiguió llamar mi atención y arrancarme una sonrisa a la vez que intenté sin mucho éxito ver su rostro. Olvidé pronto el suceso y continué dos horas más tarde hasta llegar al final de mi sesión. Entonces ya había cumplido y me dispuse a relajarme bebiendo una cerveza y a observar al género humano en la algarabía de su existencia cuando se acercó a la cabina que acababa de abandonar un individuo holandés presentándose como acompañante del discjockey que me sustituía en ese momento. Hablamos en inglés y no recuerdo una sola palabra de la conversación hasta que nos asaltó una joven también extranjera que aprovechó la práctica del idioma para introducirse; y se mantuvo un diálogo entre tres que no debió de ser demasiado interesante porque tampoco retuve nada hasta que nos abandonó el holandés para encontrarme de repente a solas con ella, y a partir de ahí, empezar a recordar lo imprescindible.

Me preguntó mi nombre, y después de desvelarlo, el significado de éste, al que respondió con el suyo: -Linnéa, en sueco es el nombre de una flor, pero aquí es solo una “línea”- Comenté que la razón de mi presencia ahí era la de haber amenizado durante un par de horas con la música de mis discos…

-¡Ah, es verdad! Me fijé que había una chica pinchando, ¿eras tú?- El tono de su respuesta mostró que había habido poco interés por la música que hice sonar hacía unos minutos, que decepción. Mientras hablábamos, tenía los instantes exactos para observarla y sacar mis conclusiones, mis pensamientos privados, distantes de lo que expresaba oralmente pero no lejos de mi expresión corporal. Era muy bonita, de ojos y piel clara, de rasgos finos, como toca a los escandinavos. Su pelo corto, teñido en un suave y gastado rojo que dejaba intuir un rubio trigo original, ofrecía un flequillo largo disonante y alborotado… y su aspecto fresco, inquieto, de duendecillo con un pantalón a cuadros… eso, era la chica que momentos antes me había distraído con su elasticidad sobre el suelo. Y hablábamos, y me daba cuenta de que lo que ella veía también le gustaba y le hacía sentirse insegura. Yo mantuve una actitud serena y agradable, en respuesta a la suya. Nos gustábamos, tan solo con la mirada nos lo decíamos, conectamos rápidamente. Y la abandoné un momento para ir al servicio, y a la vuelta, con la precisión de su inconstancia, me había sustituido por unas charlas con alguien más conocido. Yo me sentía aquella noche bastante viva, veía que en aquel espacio no podría prosperar mi ansias de diversión, quizás porque acababa de optar por la opción de visitar la fiesta que organizaba mi amiga Alicia en su casa, así que fui en busca de aquella chica para ponerla en conocimiento de que había algo mejor en otro lugar.

La primera vez dudó, ya que creyó que su deber era estar al lado de su amigo Eric, que trabajaba aquella noche detrás de la barra.

-Bueno -pensé- solo quiero sacarte a pasear, quiero que te lo pases bien, debe ser un palo el estar toda la noche aquí mientras tu amigo trabaja-,

así que cuando ya estaba a punto de arrancar, volví a presentar mi propuesta para ser finalmente aceptada. Añadió que sabía también de otra fiesta de unos amigos daneses a los cuales debía llamar desde un teléfono público, la excusa perfecta para acompañarla fuera, por si aún habían dudas de abandonar el local en mi compañía. Y nos echamos a andar, motivadas por las expectativas de la larga noche, y en busca de esa cabina telefónica. En el tropiezo con varias, todas tuvieron intentos fallidos de comunicación, hecho que determinó que nos decidiéramos por la fiesta de Alicia deteniendo un taxi. Una vez subidas en él, la ignorancia del trayecto por parte del taxista (el cual hay que añadir, era largo y caro, y más esa noche) hizo que se negara en redondo a llevarnos obligándonos a bajarnos.

Nos habían fallado los planes, y con la falta de buenos recursos improvisé y planteé uno de los únicos lugares donde no nos iba a costar nada la noche de Fin de Año pero que tendría el inconveniente que brindan todas las discotecas, ese ambiente impersonal y distante de los grandes espacios que reclutan cantidades ingentes de desconocidos, nada que ver con las fiestas particulares que se nos prometía al principio. Pero la noche seguía siendo larga, así que nos encaminamos. Entramos sin problemas como había previsto, y nos mezclamos entre el tumulto. No recuerdo la música, pasó desapercibida para mis oídos, como le había ocurrido a Linnéa con mi sesión, sin embargo, a ella le deslumbró y le embriagó toda esa ferocidad humana. Para mí no era nada nuevo, era lo de siempre, el lugar de siempre, incluso en una noche como esa. Recuerdo que me estaba empezando a costar el mantener el ánimo, después de la ilusión truncada por un ambiente más relajado. Y así se acercó el momento en que en compañía de ella me sentí sola de repente.

El pensamiento oscuro volvió a mí como una sombra. ¿Qué hacía yo en una noche tan celebrada, en la que es obligatorio pasarlo bien en compañía de tus seres queridos, sola en una discoteca en compañía de una perfecta desconocida? Segundos antes de la desconexión, la había visto bailar utilizando las técnicas correspondientes a su aprendizaje en una escuela de circo. Me pareció impropio, como un intento de seducción que no alcanzaba a entender porque el lenguaje entre nosotras dejó de existir, dejó de tener el mismo nivel de madurez.

-¡Ay, Dios! ¡Es muy bonita, pero es una niña!- me dije. Algo le hizo sentirse insegura y excusarse a la vez que le preguntaba por su edad -Veinticinco- ¡Le llevo DIEZ AÑOS! ¿Qué hago aquí con esta niña si además tiene novio? Me senté en el suelo porque los ánimos me estaban fallando, y me acompañó sentándose a mi lado. Se quedó callada y quieta a mi lado como un gatito dulce que espera alguna señal. Y ahí estaba yo, con mis repentinas fugas de introspección sombría, de las cuales escapaba gracias al contacto visual que respondía a otra parte de mi cerebro. Y así me tropecé varias veces con su mirada atenta… y mi pensamiento dijo -no me mires así. Estas tan cerca de mí físicamente que te besaría ahora mismo, pero tienes novio-

Me levanté y le dije que estaba cansada y que me iba a casa, que le acompañaba un trecho. Se alzó y asintió; y cuando bajamos a buscar los abrigos, se apoderó de mí una debilidad que derivó en mareo y me imposibilitó por unos momentos. Ante mi dificultad para mantenerme de pie, le dije que pidiera por mí alguna bebida azucarada, apenas podía articular palabra. Ella hizo lo que pudo sin manejar el idioma hasta que hice un esfuerzo y me erguí. Decidí luchar hasta que llegara a casa que estaba a dos manzanas de allí. Lo habían logrado, todos esos pensamientos negativos contra los que luché al principio de la noche se habían apoderado de mí y habían minado mi vitalidad de forma turbulenta. Me apoyé sobre ella por el camino, a la vez que le indicaba torpemente la dirección que debía tomar para llegar al piso de su amigo. No me hacía mucho caso y quiso acompañarme.

-Está bien. Que me deje en el portal- pero subió hasta entrar. Me dejé caer sobre el pequeño sillón de la entrada, delegando en ella la decisión de cerrar la puerta y colgar mi abrigo, pero tratando de no perder demasiado el control. Lo único que deseé en ese momento es que se largara, que me dejara en paz con mi miseria. Deseaba estar a solas para lanzarme sobre mi cama y dormir vestida boca arriba. Pero no se iba. También pensé que era una descortesía largarla sin más después de haber pasado la noche juntas, todo una serie de pensamientos resultado de mi posterior distanciamiento. Y cuando ella vio que no salían más palabras de mi pobre ser, se acercó a la puerta de la calle poco decidida, momento en que me acerqué para despedirla, y en ese instante, besarla, besarla en la boca… ¿qué pretendía con ese beso? ¿qué demonios pretendía? ¿volver a rescatar la conexión perdida por mi parte?

Ella se quedó sorprendida. Y lo peor vino después. Le pregunté si Eric era su novio a lo que me respondió que no. Entonces empecé a pensar en voz alta y a luchar conmigo misma… -no, no, no puede ser… te tienes que ir… no quiero…- Y luego cedí a la próxima pregunta -¿es tu primera vez?- me respondía que sí, a la vez que la observaba como un animalito asustado refugiada en el suelo, al lado de mi posición en el sillón. Y seguía hablándome a mí misma en voz alta y en castellano… -lo sabía, no puede ser todo perfecto, no puede ser…- Lo peor fue que se me ocurrió tener sexo con ella, pero ella no estaba al mismo nivel que yo, para ella iba a ser algo nuevo, desconocido, algo importante a lo cual yo quería quitarle relevancia. Le confesé que hacía mucho tiempo que no estaba con una chica, cosa a lo que respondió sorprendida ya que me atribuía un talante seductor implacable sobre chicas como ella. Nada más lejos de la realidad.

Por un momento me olvidé de esa idea y decidí acogerla igualmente en casa un rato más, no podía despedirla así como así.

Le hice pasar al comedor y sentarnos en el sofá poniendo algo de calefacción. Estábamos en silencio, y de repente volví a vestir mi soledad, y para huir de ella me refugié en el regazo de Linnéa; esta vez el gato era yo. Cogí su mano y le invité a que me acariciara y lo hizo. Ella estaba asustada y yo deseaba tanto cariño. Pero la confusión de lo que creía que debía hacer fue más fuerte y mi mano fue a buscar el calor de su sexo. La besé de nuevo, despacio, mientras mis manos hacían el resto debajo de su ropa hasta que inesperadamente ella tomó el relevo y me desbancó en decisión. Había deseado tanto esa respuesta y la tuve, pero creo que lo que ella quiso demostrar es que también estaba a la altura. Hubo un impulso que duró lo imprescindible, pero no el adecuado, y lo dejamos correr. Y sí, nos miramos a los ojos, y me dijo que no me conocía y sin embargo, ahí estaba, besándome, arañándome, mordiéndome… y yo solo quería su amor. Y luego fueron unos momentos tiernos, despacio, en silencio, caricias…

-Tengo que tomar un avión a las 10- me dijo a las siete de la mañana, -¿qué hago, me voy o me quedo? Ya perdí el primero…- yo la miraba muda, algo acojonada por el planteamiento al que yo no debía responder, era su elección, era su responsabilidad… -Estoy cansada. Tengo sueño- añadió, con lo que me dejaba intuir que decidía quedarse, porque vete a saber tu cuando nos despertaríamos. Y la llevé hasta mi dormitorio, y me eché a su lado en la cama. Y la observaba mientras ella se dejaba llevar por el sueño, ese estado de abandono que la hacía más bella, tan vulnerable. Le acaricié y decidí seguirla. Cuando abrimos los ojos eran las tres de la tarde. Me levanté, me duché, le invité a lo mismo, cosa que ella no aceptó. Era una situación extraña, y yo trataba de aligerarla, de hacerla normal con un comportamiento distante. Me dijo que debía volver al piso de su amigo, porque no sabía nada de ella. Salimos y le acompañé. Una vez allí, se presentó ante él, y tras la puerta de su dormitorio pude oír lo que era una discusión en sueco. El chico tenía toda la razón para ponerse en ese tono, estuvo esperándola para coger el avión sin haber sabido nada de ella durante toda la noche y yo tuve parte de culpa. Salió avergonzada hacía mí, se sentó a mi lado, y no me dijo nada preocupada por el humor de Eric. -Es mejor que te marches. Tengo que hablar con él tranquilamente- Saqué un papel y apunté mi dirección y mi teléfono a la vez que le preguntaba cuando iba a marcharse -No, no lo sé. No quiero pensar en ello ahora- Me fui, abrigada por un manto de incertidumbre, quizás no la volvería a ver más, pero conformada y feliz con los momentos vividos.

En la calle, me tropecé con unos amigos que todavía no habían ido a dormir y no pensaban hacerlo y me fui con ellos. Me pasé todo el día en compañía del disparate y el despropósito, la torpeza brindada por la falta de sueño y las drogas. Mientras, yo seguía en una nube, guardando inconfesablemente la esperanza de volver a saber de ella. Había sido un regalo, había sido mi regalo de Navidad, un regalo tan bello. Y allá por las diez de la noche me llamó. Yo ya había planeado marcharme a casa a dormir y es lo que le dije, no se me ocurrió ninguna otra opción, la falta de costumbre de compañía tan íntima no me dejo reaccionar. Insistió entonces en vernos al día siguiente, pero yo recordé que mi horario iba a ser ajustado ya que trabajaba todo el día, aun así acepté. Y nos vimos al mediodía del día siguiente, después de comer, para hacer un té. Quedamos en la calle donde vivía su amigo, ya que ella todavía no sabía manejarse por Barcelona, una calle principal que desembocaba en las concurridas Ramblas. Y mientras yo llegaba sigilosa con la bicicleta la observé despistada mirando al horizonte, al enjambre de gente que iba y venía, ausente de toda esa actividad. -Hola- le dije, -Hola- me respondió. Mis nervios por el reencuentro dirigían mis palabras y mis actos. Le propuse un pequeño bar cercano a la zona, y para cuando me di cuenta, lo había pasado de largo retrocediendo y excusándome torpemente.

Nos sentamos en la barra, y la conversación giró en torno a la confesión de mis puntos de vista sobre algunas cosas relevantes de la vida, tratándole de darle información acelerada de mi persona… todo tan extraño. Con ello quizás realmente solo quería huir de la conexión que había habido la noche que nos conocimos. Me mostré distante a cualquier sentimiento de empatía, ¿qué estaba haciendo? Revelaba el intento constante por su parte de esa mirada cómplice, y yo se la negaba, asustada, hablaba y hablaba, como si tratara con una cliente a quién no se le ofrece más implicación que una conversación trivial. Pobre Linnéa, me había sonado la flauta y ahora no sabía que notas le seguían, o peor, no me veía con el valor de interpretar la canción, ¿o sí?, necesitaba tiempo, tiempo para asimilarlo todo.

Llegó la hora de marcharme a trabajar. Me acompañó hasta la tienda. Llegamos antes de tiempo, se la mostré, las dos secciones, el despacho; le presenté a Marcel, el gato grande y un compañero de trabajo. Me preguntó si la tienda era mía y le respondí lo que suelo decir, que sí, bueno, que medio mía, que era una historia larga, en ese instante, le brillaron los ojos y sentí algo tan agradable y reconfortante. Lo mismo que me provocó cuando la primera vez a solas me miró intensamente a los ojos mientras se le dilataban las pupilas, lo mismo que ese mediodía al candar la bicicleta cuando la descubrí mirándome de arriba a abajo. No podía ser cierto, le gustaba de veras, y me sentía tan bien, hacía tanto tiempo que no me sentía tan bien.

Abrí la tienda, pero sentí que ya no podía estar más por ella, mi distanciamiento se hizo más grande. Llamó a su amigo y le vino a buscar, no sabía el camino de vuelta. La situación era más incómoda aún, despidiéndome de ella, delante de Eric, sintiéndome culpable de no sé qué. Le dije que le llamaría mañana.

Y llegó el día siguiente, era sábado. Estaba empezando a esforzarme, a concienciarme de que ella estaba ahí y que yo necesitaba tiempo, ir sin prisas para asimilarlo, para hacerlo bien. Y esta vez le llamé yo. Mi plan era vernos después de trabajar y pasar la noche juntas hasta el domingo, era idílico, pero me dijo que prefería verme en ese momento para hacer de nuevo un té. Ella se sorprendió y le decepcionó un poco el que trabajara en sábado. Nos encontramos, y esta vez mi conversación fue en torno a la tristeza que sentía porque una amiga me había repudiado, se había enfadado conmigo, le confesé que nunca había pasado nada con esa amiga, pero que me dolía que me ignorase así. Hubo un silencio. Y Linnéa retomó la palabra confesándome que tenía un novio en Suecia, que era músico y que tocaba todos los instrumentos, se le llenaba la boca… me sentí caer en el vacío, y en el fondo lo esperaba. No podía ser tan perfecto. De repente me volví sarcástica en mi interior. Hicimos el camino de nuevo hacia la tienda, y para colmo, me confiesa que esa noche no podíamos quedar porque debía coger un avión el domingo por la mañana temprano, así que, el tiempo que nos quedaba eran unos minutos impersonales en la tienda, rodeadas de clientes. Estuvo dando vueltas mirando discos, preguntando si conocía todo lo que había en ella, le dije que casi todo, me volvió a mirar de aquella manera, pero ya no importaba, yo había conseguido montar una coraza que me protegía y me distanciaba.

Y llegó el momento de despedirse. Me miró y apuntó en un papel su nombre y su email, y se detuvo un instante para dibujar un sol radiante al pie de la nota. Yo estaba triste pero no podía ceder a ese sentimiento vulnerable, actué como una dependienta correcta y nos besamos en la boca, pero yo no estaba ahí donde quería ella que estuviese. Le deseé buen viaje y se marchó. Fue una tarde extraña, unos sentimientos truncados, interrumpidos, de confusión. Las horas se hicieron largas, llegó la noche y no me atreví a llamarla de nuevo, su deseo había sido despedirse antes. No pude dormir bien aquella noche.


Shak Benavides used to write daily to a diary till she was around 21. Around same time she wrote a novel, which she later destroyed. It was called “Un espejo para Lucius” (“A mirror for Lucius“), which gave the name to her musical project Lucius Works Here.

These days when Shak writes, it’s mostly to express a situation she has experienced, as therapeutical means. Shak’s biggest passion lies in music – she is the successful front woman of the mentioned above Lucius Works Here, and apart from this she produces electronic music and runs a radio on-line for culturally restless people who look for non-commercial music, TeslaFM.

The short story “Un regalo de Navidad” (“A Christmas present”) was written in Barcelona in 2004, and is an intimate narrative of one encounter during a Christmasy time like this.

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