Romina by Nadia Barrera

Es verdad que después de haber conocido a Romina pensé: ojalá la atropelle un auto o también: ojalá se atragante y se muera. Fantaseaba con el momento cuando el rostro de Romina se pusiera pálido y la calle se llenara de ambulancias y de paramédicos, todos desviviéndose por salvarle mientras yo estaría observando el espectáculo camuflada tras las cortinas, feliz porque finalmente se había cumplido mi deseo. 

Aún recuerdo la primera vez que la vi. Sus zapatos negros relucían bajó la luz de los flexos. Llevaba todos los botones de la camisa perfectamente abrochados y no tenía ninguna pelusa en el jumper. Nos miró a los ojos, como si quisiera leernos la mente y esperó a que la profesora le dijera quién iba a ser su compañero o compañera de pupitre. «Ponte al lado de Luna», dictaminó. Romina se sentó.

Olía a jazmín y tenía el pelo como de fuego. «Hola», le dije sin poder evitar sonrojarme. Ella me miró de soslayo. Luego abrió su cuaderno. A partir de ese día me volví invisible. 

Antes de que Romina hiciera su aparición todo el mundo me quería. Los profesores halagaban mi inteligencia e, incluso, algunos niños me dejaban flores en el taquillero. Fui premiada con la distinción «Mejor compañera» durante cuatro años seguidos y gané tres medallas de oro tras haber destacado como armadora en los campeonatos escolares de voleibol. Pero fue llegar Romina y, como por arte de magia, se me fue el talento. Empecé a sacar malas notas. Por más que prestaba atención, cuando llegaba a casa no entendía nada de lo que había escrito. La preocupación me llevó al insomnio y a un estado de irritabilidad constante, como si tuviera el cuerpo lleno de hormigas. Estaba tan cansada que, sin darme cuenta, me quedaba dormida en clase. Dejé el equipo de voleibol. Le pegué a un compañero. 

Mi agenda se llenó de amonestaciones y las visitas al despacho de la directora se volvieron parte de mi rutina escolar. Mis padres no entendían qué era lo que me estaba pasando. «Esto es el colmo», decían y luego se recriminaban mutuamente.

Me habría gustado decirles que todo era culpa de Romina, que seguro me había echado una maldición como hacen las brujas en los cuentos. 

En ese entonces mi abuela vivía en el sur y sus viajes a la capital eran un bien escaso. Le gustaba aparecerse de repente, cuando las persianas de los negocios ya estaban bajadas y la luz de los faros de los coches teñía las calles de un rumor amarillo. Yo ya estaba con el pijama puesto cuando mi abuela tocó el timbre. Recuerdo que en cuanto escuché su voz cavernosa colándose por el pasillo salí a recibirla. Mi abuela se maravilló. Dijo: «¡Pero qué grande estás!» y acto seguido, como si el tiempo se le fuera a agotar, abrió su pequeño bolso de viaje y sacó una caja envuelta en papel de regalo. Mi madre la acusó de malcriarme, pero mi abuela hizo como si no la escuchara. Sin más dilación destrocé el papel que envolvía la sorpresa. «A que es bonita», dijo mi abuela. La muñeca venía en una caja rosada. El color de su pelo era como el de Romina y llevaba puesto un vestido de flores naranjas. Cogí a la muñeca y la miré a los ojos. No pude evitar sonreír. Antes de marcharse mi abuela me abrazó muy fuerte. «Yo sé lo que te pasa —me susurró—. No te preocupes. Eres muy niña aún. Ya habrán otros».  

Al otro día cavé un hoyo en el jardín y enterré a la muñeca. 


Nadia Barrera, nacida en Chile en 1988, se mudó a Barcelona a los catorce años. Su pasión por las letras la ha llevado a involucrarse en diversos proyectos poético-narrativos de la escena cultural barcelonesa tales como ‘Las poetógrafas’, el ‘Prostíbulo poético’ y el ‘Slam de escritura’. En la actualidad trabaja en su primera novela. 

Nadia Barrera, born in Chile in 1988, moved to Barcelona at the age of fourteen. Her passion for writing has led her to get involved in various poetic-narrative projects on the Barcelona cultural scene such as ‘Las poetógrafas’, the ”Prostíbulo poético’ and the ‘Slam de escritura’. She is currently working on her first novel.


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