La lámpara valiente by Gemma Artieda

Cuando al día siguiente de la boda pusimos los regalos sobre la mesa minimalista del salón, las dos lámparas de dormitorio de mis amigos de Valladolid destacaban por encima de todos los demás. Como la pareja que nos las había regalado, eran clásicas con ínfulas de casa bien; por pie dos abotijados jarrones revestidos de pan de oro falsamente envejecido, por pantalla una tela plisada cual falda de colegio privado con grandes motivos florales de estilo inglés. Simbolizaban todo aquello en lo que Luis y yo no queríamos que se convirtiera nuestra aventura en común: una vida aburguesada, convencional, regida por las normas sociales y el saber estar.

Nosotros, con nuestro matrimonio recién estrenado, nos miramos con la complicidad que solo existe durante las primeras semanas. Aquellos días nos comportábamos como gemelos univitelinos: nos despertábamos a la misma hora, adivinábamos las intenciones del otro sin preguntar, nos echábamos de menos si pasábamos más de una hora en habitaciones diferentes.

Luis dijo en voz alta lo que ambos pensábamos: estas van directas al fondo del armario de los trastos o, si tienes coraje, al contenedor, Mercedes, pero de ningún modo vamos a poner semejantes esperpentos en nuestro dormitorio. Yo asentí.

Sentía una leve punzada de pena por Sonsoles, mi amiga de la infancia, seguro que habían sido idea suya y que las había escogido con la mejor intención, ella no tenía la culpa de tener mal gusto. Al final no conseguí reunir valor para tirarlas, así que las metí en una bolsa reciclable del supermercado como castigo por su pretenciosidad y las relegué a la balda más alta del armario trastero del pasillo.

Quién iba a pensar que se pasarían sin avisar un año más tarde.

         —Luis, ¡que están en Madrid! —Me metí en su despacho cubriendo el micrófono del móvil con la mano—.    

         —¿Qué? ¿Quién? ¿Por qué estás tan alterada?

         Son Sonsoles y Borja, se han pasado a saludar, así, ¿sin llamar antes?, sí, están en el bar de abajo, les digo que nos den unos minutos y que suban a ver el piso, pero estoy con unos planos, tengo que acabarlos para mañana, ¿no les puedo decir que hoy no nos viene bien atenderles, no te parece?, pero…, ya acabarás lo que tengas que hacer por la noche, no se quedarán mucho rato. Luis intentó protestar ante el cambio de planes, como siempre últimamente, pero no podía decirles que no, era mi amiga y no la había vuelto a ver desde la boda, siempre con los compromisos ineludibles de mi marido arriba y abajo, cosas del freelancing, según él, aunque siempre le pasaba cuando se trataba de mis amigos. Dame diez minutos, Sonsoles, de acuerdo.

Entonces me acordé de las lámparas. Le dije, Luis, voy a esconder las nuestras y las voy a poner sólo el ratito que se queden, de nuevo él intentó protestar pero esta vez me mantuve en mis trece, las bajé del trastero y las puse en el lugar de los huevos metálicos último grito que teníamos sobre las mesillas de noche. Erigí dos altares al mal gusto en el piso impecable del arquitecto.

Solo mientras estén aquí, luego las vuelves a guardar, ya se me están revolviendo las tripas; claro, asentí, y las miré desde la puerta del dormitorio. Luis se dio la vuelta contrariado porque lo había sacado de sus asuntos y porque no le caían bien mis amigos y porque las lámparas le resultaban odiosas. Esta vez a mí ya no me parecían tan feas.  

Cuando Sonsoles y Borja picaron al timbre ya estábamos listos, la casa impecable, las lámparas como si siempre hubieran estado sobre las mesillas, nuestras sonrisas radiantes a punto. Me alegré de ver a Sonsoles y la abracé con fuerza, a Borja no tanto, él me daba un poco igual. Les enseñamos el piso, alabaron educadamente la sobriedad del mobiliario, la simplicidad de sus formas y los colores neutros. La escasez de adornos. Saqué una botella de vino y lo serví en cuatro copas. No habíamos bebido mucho cuando noté que Sonsoles empezaba a achisparse, ya le pasaba de joven cuando salíamos de fiesta juntas, qué recuerdos, y entre risas y en voz baja me dijo en un aparte, un poco triste tu piso, ¿no? El minimalismo me parece algo vacío, falto de vida, aunque claro que para gustos, colores. ¿De verdad te gusta?

No supe qué contestar, como Luis es arquitecto se encargó él de la decoración y no me dejó meter ni media. Les llevamos al dormitorio para que vieran las lámparas, ¡qué maravilla!, dijo Sonsoles, mira cómo destacan, qué color y cuánta vida que dan sobre esta decoración tan gris. El eclecticismo lo mejora todo. ¡Es alegría! Luis miró al techo y luego a mí, de reojo, buscando mi complicidad para corroborar que los dos estábamos de acuerdo en la abominación que representaban las lámparas dentro de la frugal decoración del dormitorio.

Una vez se hubieron marchado Sonsoles y Borja, Luis volvió a desaparecer, no sin decirme antes que Sonsoles le parecía una hortera y que esperaba que esta vez sí tirara las grotescas lámparas a la basura para evitar otra situación incómoda como la que habíamos vivido hoy. Yo asentí levemente con la cabeza mientras él se metía en el despacho sin esperar una respuesta.

Aquella noche bajé dos bolsas al contenedor. Una bolsa contenía una de las lámparas feas, la que había puesto en la mesilla de noche de Luis. La otra, mi lámpara huevo de diseño. Mientras subía las escaleras de vuelta a casa sentí un cosquilleo en el estómago al pensar en la lámpara valiente que acababa de dejar sobre mi mesita de noche.

Valladolid, julio de 2021


Gemma Artieda, nacida en Barcelona en 1971, es lectora compulsiva y aprendiz de escritora. En la actualidad está preparando el lanzamiento de su primera novela, “El número veinticuatro”, mientras trabaja en la segunda.
@gemma.artieda

Gemma Artieda, born in Barcelona in 1971 is a reading addict and an apprentice writer. She is currently preparing the launch of her first novel, “The number twenty four”, while working on the second one.
@gemma.artieda

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