Sin aliento by May Flores

Un vacío silencioso y profundo llena sus oídos. No le molesta ningún ruido. Eva abre los párpados. Está sola; únicamente la luz matizada de la mañana entra por las ranuras de las persianas y ocupa la estancia. «Debe de ser muy temprano todavía», piensa. «Ni siquiera oigo el trajín de las enfermeras con el desayuno.» Ni ve por debajo de la puerta la sombra de sus zuecos yendo arriba y abajo.

            Se incorpora de la cama, se sienta en el borde con las piernas colgando y se examina: ninguna aguja atraviesa ya sus venas, ningún líquido del gotero las alimenta; ningún yeso envuelve su brazo. Levanta los ojos y los pasea por la habitación: el monitor del ritmo cardiaco está desconectado; el tensiómetro digital, arrinconado; la mascarilla del oxígeno cuelga del concentrador de la pared. No hay medicamentos en la mesilla; el vaso del agua está vacío, como sus oídos.

            Apoya los pies desnudos en el suelo; no siente la frialdad de otras veces. «Qué bien me encuentro. Seguro que hoy me darán el alta.» Se levanta, se dirige hacia la puerta y la abre. Fuera el médico se frota las manos con el gel desinfectante del dispensador. Un camillero traslada a una mujer adormecida. Eva reconoce a una enfermera que empuja un carro con un pulsioxímetro de mesa y lo entra en la habitación de enfrente. Hay más movimiento de lo que ella creía. «No es tan temprano. He dormido demasiado.»

            Se encamina por el pasillo hasta la sala de espera.

            Nadie le pregunta nada.

            Al llegar, se sienta en la primera hilera de sillas ante la vidriera con vistas al mar. Fija en él la mirada y la pierde en sus profundidades. Oye el rumor de las olas que rompen al final de su destino y nota cómo el agua tibia del verano acaricia su cuerpo. Desearía quedarse allí siempre y formar parte de aquella extensión, con la sonrisa en los labios, como si esta fuese la mejor de las fortunas para ella.

     De súbito, unas voces la espabilan y la devuelven a la sala de espera: una joven pareja acaba de entrar.

            —¿Por qué le has explicado todo aquello sobre mi madre al doctor? ¿No te había dicho que no comentases nada? —le reprocha él a la muchacha—. ¿Tan difícil es obedecerme? —añade, remarcando cada palabra, mientras la coge por la muñeca y la aproxima a su torso.

            Ella le fija la mirada. Con la vista ahogada y las mejillas húmedas, se baja la manga y esconde las manchas cárdenas que le cubren la piel. Eva los observa; la sonrisa desaparece de su rostro y se lleva las manos a la cabeza mientras los reprende.

            —¡No discutáis! Y tú, indeseable, ¡no le hagas daño! ¡Déjala!

            Pero los jóvenes no le hacen caso.

            A Eva le sorprende un recuerdo que la paraliza. Se mira los brazos, limpios ahora de moraduras, sin heridas, y se toca el costado derecho, que ya no sangra.

            Un niño irrumpe corriendo en la sala: es la hora de las visitas. Eva vuelve a la habitación. Cuando entra, sus familiares ya han llegado; todos menos Manuel.

     —¡Este malnacido…! ¡Así se pudra en el infierno! —sentencia un hombre.

            —¡Padre! —exclama Eva, poniéndole la mano sobre el hombro—. Pero ¿qué dices? ¿Dónde está Manuel? ¿Por qué no ha venido?

            Los sollozos de una mujer mayor la interrumpen.

            —Madre, ¿qué te pasa? ¡Si hoy ya saldré!

            Una criatura se acerca a la cama.

            —¡Mami! —pronuncian sus tiernos labios, que no conocen aún muchas más palabras.

            Su joven tía la coge y la sienta en el alféizar de la ventana. Las persianas, subidas ya totalmente, dejan presenciar un cielo enlutado.

            —Mi nena… —musita Eva, acercándosele, y mira a su hermana con ojos agradecidos por el reencuentro.

     Nadie le explica nada.

     Fuera el viento embravece las olas, que rompen contra el espigón, y agita las palmeras que decoran la playa. Dos adolescentes pasean abrigados por la arena, lejos de la orilla para que el agua no salpique de espuma sus ropas. El frío arrecia y se adhiere a los ventanales del hospital.

     En la habitación, la chica entretiene a su sobrina haciendo figuras en el cristal con el vaho del interior de su cuerpo. Eva le acaricia el rostro a la niña.

            —Mi pequeñina… —pronuncia tiernamente—. Yo también quiero jugar.  

            Y se coloca frente al vidrio y exhala el aire de sus pulmones, como ha hecho la hermana, como ha hecho la hija. Sin embargo, ahora el cristal está limpio, no hay rastro de ningún hálito.

            Eva se sorprende, las mira y se pregunta:

            —¿Por qué no se empaña el vidrio con mi aliento?


*Título original: Sense alè. Primer premio de narrativa, XIII Concurs Literari de Narrativa i Poesia Badalona Poètica 2019, Barcelona, España.


May Flores, nacida en Barcelona, es profesora de Lengua Castellana y Literatura. Su inquietud literaria se remonta a la infancia. Ha participado en diversos certámenes literarios nacionales e internacionales en los que ha obtenido diversos premios. En la actualidad, trabaja en su primera novela.

May Flores, born in Barcelona, is Spanish Language and Literature teacher. Her literary restlessness dates back to her childhood. She has participated in various national and international literary competitions in which she has obtained several awards. She is currently working on her first novel.

@may_flores19

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